Por: Un Alumno del Dojo (Anónimo)
Para
entender el Karate que se enseña en el sector rural de Calquinco, en San José
de la Mariquina, es necesario mirar la estampa y la historia de quien sostiene
la clase. Cruzar la puerta del dojo y encontrarse con el Sensei Sergio Pérez es
enfrentarse a una presencia física imponente: 1,80 metros de estatura, un peso
que ronda entre los 98 y 99 kilos, espalda ancha, tez blanca, ojos verdes,
cabeza rapada y una barba frondosa. Sus manos son gruesas, pesadas y con
callosidades que no salieron de un gimnasio comercial, sino del trabajo duro en
la carpintería, el mantenimiento de su parcela, lo cual imagino es una labor
bastante difícil y una vida ligada a trabajos pesados. Se por sus conversaciones
que mientras otros niños disfrutaban de las playas o los paseos en sus
vacaciones de invierno y verano, él trabajaba el oficio pesado desde muy
pequeño, templando un carácter directo, rudo y sin espacio para el adorno.
Esa misma
huella de realidad se profundizó cuando, entre los años 2007 y 2009, ejerció
como guardia de seguridad en locales nocturnos. Enfrentado noche a noche a
innumerables conflictos reales, altercados violentos y agresiones físicas sin
reglamento, aprendió lo que realmente ocurre cuando la violencia estalla.
Habiendo incursionado previamente en el karate deportivo, tras vivir la crudeza
de la noche le resultó imposible volver a lo que define como la
"fantasía" del punto y la regla estricta. Su mente y su cuerpo rechazaron
esa ficción. Comprendió que la mayoría de los enfrentamientos derivan en
agarres, empujones, el uso de codos, rodillas y el trabajo en el suelo, y que
en un peligro real la simplicidad es la dicta la versad de la derrota.
Por esa
razón, la enseñanza en su dojo es austera y tajante. El Sensei no llena a sus
alumnos con cientos de formas complejas; enseña apenas una decena de técnicas
fundamentales, eliminando todo lo que considera supuestos o coreografías
irrealizables. Es consciente de que esto lo distancia de un círculo marcial más
amplio, donde abunda gente que jamás ha enfrentado una pelea real en su vida.
Mientras en el ámbito marcial actual es común ver profesores que cambian de federación
o de maestro cada ciertos años por conflictos políticos o dinero, o
instructores que llevan apenas unos años y ya se ostentan como 7.° u 8.° Dan
autodenominándose "Shihan", Sensei Sergio se mantiene con los
pies sobre la tierra. Lleva tres décadas de entrega total y ostenta con orgullo
su 5.° Dan, sin afán de grandezas. Esta lealtad y sobriedad vienen de su propia
raíz: mantiene una fidelidad intacta desde hace casi 30 años con su único
maestro, el Sensei Eduardo Godoy Arriagada (8.° Dan, 78 años, residente en
Puerto Montt). Su maestro siempre ha sostenido que morirá siendo 8.° Dan por
respeto a la jerarquía del propio maestro fundador, Seiichi Akamine C.N 8° Dan,
a quien también tuvo el honor de conocer en vida cuando visito Puerto Montt.
Por eso, él rechaza títulos ostentosos como "Shihan" o "Renshi";
para él basta con el término Sensei, y nada más.
Ese
sentido de la tradición, el respeto y la fidelidad de la vieja escuela, creo es
el eje de su vida, la cual comparte junto a su esposa Daniela Mella Núñez y sus
hijos.
Tanto en
el Dojo Kenbushi-kai de Puerto Montt como en el Kenshin SJM de
San José de la Mariquina, la matrícula es acotada, no superando los quince
alumnos por sede. No es un Karate masivo ni comercial; es un entrenamiento
enfocado en la efectividad, la libertad de combate y la camaradería de quienes
buscan una práctica honesta. Su alumnado se acostumbra a una dinámica libre,
sin la rigidez absurda de las sanciones deportivas, pero con una exigencia
técnica y física bastante duras o rudas.
En la
dinámica del dojo existe una dualidad muy particular con él. Por un lado, sensei
Sergio mantiene un ambiente relajado y de buen humor; no cree en la disciplina
militarizada ni en hacer sufrir psicológicamente al alumno, pues sostiene que
la clase debe disfrutarse. Sin embargo, muestra una absoluta falta de
sensibilidad ante los reclamos por dolores menores o excusas cotidianas: que le
duele un dedo, que la pierna está golpeada, que hay un leve resfrío o que se
siente desanimado. Para él, salvo lesiones graves evidentes, esas quejas no
tienen lugar.
Esta
postura cobra sentido cuando se escucha a antiguos compañeros de entrenamiento
y amigos de antaño que a veces visitan el dojo. Ellos relatan cómo era Sensei
en sus años de formación: un practicante de una disciplina con rigurosa
disciplina que llegó a ganarse el apodo de "Samurái". Hubo épocas en
que asistía a entrenar estando lesionado o resfriado, caminando largas
distancias por no tener dinero para el transporte público, y mudándose de
habitación en habitación con tal de arrendar cerca del dojo y necesitar una
sola locomoción. Incluso cuando no contaba con recursos para pagar la
mensualidad, le pedía a su Sensei trabajar en la mantención de su casa para saldar
la cuota y no faltar a clases. Quien vivió el su entrenamiento con ese nivel de
entrega y sacrificio difícilmente puede empatizar con los pequeños achaques del
día a día.
Sin
embargo, detrás de esa exigencia reside una calidez humanidad, sencilla y
cercana. Marcado por orígenes humildes, ha aprendido a disfrutar de la vida con
lo que hay y no pensando en lo que falta. Cuando invita a su casa en Calquinco,
la convivencia no requiere de lujos ni grandes banquetes: basta con compartir
unas papas cocidas recién cosechadas de su parcela, un encebollado, un pebre o
ají hecho en mortero, una ensalada de tomate con ajo, un café caliente y una
conversación sincera. Si viaja a dictar clases especiales a otras comunas, cumple
con su labor con la misma humildad, sin esperar cenas elegantes ni paseos
ostentosos. Aunque cuenta que ha estado en restaurantes finos y eventos de
etiqueta, su corazón pertenece a la simpleza y a la gente real.
Sergio
sostiene con firmeza una premisa: al cruzar la puerta del dojo y quitarse el
cinturón, vuelve a ser simplemente Sergio Pérez. Si alguien decide seguir
tratándolo como Sensei fuera del tatami, lo acepta con gusto siempre que sea
con respeto, pero bajo una máxima clara: "Uno no es lo que dice ser,
sino lo que el resto reconoce en uno". Carece por completo de la
postura teatral del "maestro de película"; no finge una voz grave ni
busca parecer sabio a la fuerza. Si un alumno le consulta algo de Karate y no
lo recuerda o lo desconoce, lo admite con naturalidad: "No lo sé,
pregúntale a otra persona o búscalo en internet, o déjame averiguarlo y te
digo".
Quien
visita su hogar en Calquinco encuentra a un hombre tranquilo y humile. Se le ve
jugando con sus tres hijos, compartiendo con su esposa Daniela y atendiendo a sus
animales vistiendo sus bototos de seguridad, jeans desgastados y guantes de
trabajo. Quienes lo acompañan terminan ayudándole a picar leña, limpiar las
caballerizas de sus caballos o alimentar a las gallinas. Para él, el traje de
Karate se queda en el dojo. Su círculo cercano, incluidos su hermano menor
Boris y la mayoría de los altos grados que lo acompañan, está compuesto por
verdaderos amigos que comparten bromas, risas y camaradería con un respeto
mutuo. No obstante, en el momento en que se colocan el Karategi sobre el
tatami, el ambiente se transforma por completo. Por esa honestidad y lealtad a
toda prueba, Sensei conserva a lo largo del tiempo amistades profundas que lo
aprecian sinceramente, aun cuando él mismo bromee con su mala memoria.
A fin de
cuentas, es una persona común y corriente, tal como él mismo se define. Pero es
también alguien que ha alcanzado un grado de maestría en lo que hace. Ha
dedicado su vida entera a indagar más allá, respondiendo a aquella enseñanza
que una vez le dio el Sensei Eduardo: "Hay cosas que yo te voy a
enseñar, pero hay otras que tú tienes que aprender solo; verdades que están ahí
esperando a que las descubras". No es alguien que sepa un poco de
muchas cosas; sabe muchísimo de una sola: su estilo de Karate, el Kenshin-ryū.
A sus 48 años, muestra una madurez absoluta en su visión. No por ello es
cerrado: entiende otras disciplinas, mantiene excelentes amistades con maestros
de diversos estilos y comparte con todos en un marco de respeto.
Lo que
sus alumnos más agradecen es su transparencia total. Nunca les ha mentido ni
les exige nada que él mismo no pueda ejecutar, enseña con el ejemplo: si pide
un golpe, una técnica o una aplicación en un kata, él la demuestra en el acto.
Pero tal vez su lección más valiosa no proviene de una técnica física, sino de
su filosofía sobre la vida. A menudo aconseja a sus estudiantes no dejarse
contaminar por la negatividad de las noticias en la televisión, que solo buscan
vender miedo mostrando lo peor de la sociedad. Siempre los invita a hacer un
ejercicio sencillo: mirar a su alrededor, observar a sus familias, a sus
vecinos y amigos, y contar cuántos criminales, violadores, estafadores, narcos
o personas malvadas realmente hay a su lado. La respuesta casi siempre es:
ninguno. Nos recuerda que el mundo no está perdido ni es tan oscuro como nos
quieren hacer creer; que si uno decide mirar con atención, la tierra que
habitamos, la gente que nos rodea y la vida cotidiana son infinitamente más
hermosas y valiosas.
Creo que
sensei Sergio Pérez enseña lo que enseña porque su vida fue moldeada por el
esfuerzo, el a menudo es una persona abierta a contar sus vivencias y experiencias,
pero de seguro hay muchas más cosas que solo el sabe y nunca sus alumnos capaz
sepamos, porque igualmente se nota en sus ojos, a veces un poquito de pena
acumulada, un dejo de niño que no vivo bien su infancia y que tuvo que madurar
muy pronto con la honestidad y la experiencia real: en sus clases no se vende
una ilusión, se transmite un camino de supervivencia, temple y respeto forjado
en la verdad del trabajo y de la vida real.

