Este blog es personal y los artículos y opiniones son apreciaciones propias, es para compartir con los lectores, puntos de vista, experiencias y sentires en este hermoso mundo del Karate-Do, además un punto de encuentro para mis Amigos, Alumnos y simpatizantes, ya que de seguro encontraran muchos temas en común que tenemos los Artistas Marciales y concretamente los Karatecas..."BIENVENIDOS TODOS LOS DE CORAZON PURO, BUENOS SENTIMIENTOS Y ESPIRITU FUERTE"

domingo, 23 de agosto de 2026

Perfil Semblanza: Forjado en la Verdad

 



Por: Un Alumno del Dojo (Anónimo)

Para entender el Karate que se enseña en el sector rural de Calquinco, en San José de la Mariquina, es necesario mirar la estampa y la historia de quien sostiene la clase. Cruzar la puerta del dojo y encontrarse con el Sensei Sergio Pérez es enfrentarse a una presencia física imponente: 1,80 metros de estatura, un peso que ronda entre los 98 y 99 kilos, espalda ancha, tez blanca, ojos verdes, cabeza rapada y una barba frondosa. Sus manos son gruesas, pesadas y con callosidades que no salieron de un gimnasio comercial, sino del trabajo duro en la carpintería, el mantenimiento de su parcela, lo cual imagino es una labor bastante difícil y una vida ligada a trabajos pesados. Se por sus conversaciones que mientras otros niños disfrutaban de las playas o los paseos en sus vacaciones de invierno y verano, él trabajaba el oficio pesado desde muy pequeño, templando un carácter directo, rudo y sin espacio para el adorno.

Esa misma huella de realidad se profundizó cuando, entre los años 2007 y 2009, ejerció como guardia de seguridad en locales nocturnos. Enfrentado noche a noche a innumerables conflictos reales, altercados violentos y agresiones físicas sin reglamento, aprendió lo que realmente ocurre cuando la violencia estalla. Habiendo incursionado previamente en el karate deportivo, tras vivir la crudeza de la noche le resultó imposible volver a lo que define como la "fantasía" del punto y la regla estricta. Su mente y su cuerpo rechazaron esa ficción. Comprendió que la mayoría de los enfrentamientos derivan en agarres, empujones, el uso de codos, rodillas y el trabajo en el suelo, y que en un peligro real la simplicidad es la dicta la versad de la derrota.

Por esa razón, la enseñanza en su dojo es austera y tajante. El Sensei no llena a sus alumnos con cientos de formas complejas; enseña apenas una decena de técnicas fundamentales, eliminando todo lo que considera supuestos o coreografías irrealizables. Es consciente de que esto lo distancia de un círculo marcial más amplio, donde abunda gente que jamás ha enfrentado una pelea real en su vida. Mientras en el ámbito marcial actual es común ver profesores que cambian de federación o de maestro cada ciertos años por conflictos políticos o dinero, o instructores que llevan apenas unos años y ya se ostentan como 7.° u 8.° Dan autodenominándose "Shihan", Sensei Sergio se mantiene con los pies sobre la tierra. Lleva tres décadas de entrega total y ostenta con orgullo su 5.° Dan, sin afán de grandezas. Esta lealtad y sobriedad vienen de su propia raíz: mantiene una fidelidad intacta desde hace casi 30 años con su único maestro, el Sensei Eduardo Godoy Arriagada (8.° Dan, 78 años, residente en Puerto Montt). Su maestro siempre ha sostenido que morirá siendo 8.° Dan por respeto a la jerarquía del propio maestro fundador, Seiichi Akamine C.N 8° Dan, a quien también tuvo el honor de conocer en vida cuando visito Puerto Montt. Por eso, él rechaza títulos ostentosos como "Shihan" o "Renshi"; para él basta con el término Sensei, y nada más.

Ese sentido de la tradición, el respeto y la fidelidad de la vieja escuela, creo es el eje de su vida, la cual comparte junto a su esposa Daniela Mella Núñez y sus hijos.

Tanto en el Dojo Kenbushi-kai de Puerto Montt como en el Kenshin SJM de San José de la Mariquina, la matrícula es acotada, no superando los quince alumnos por sede. No es un Karate masivo ni comercial; es un entrenamiento enfocado en la efectividad, la libertad de combate y la camaradería de quienes buscan una práctica honesta. Su alumnado se acostumbra a una dinámica libre, sin la rigidez absurda de las sanciones deportivas, pero con una exigencia técnica y física bastante duras o rudas.

En la dinámica del dojo existe una dualidad muy particular con él. Por un lado, sensei Sergio mantiene un ambiente relajado y de buen humor; no cree en la disciplina militarizada ni en hacer sufrir psicológicamente al alumno, pues sostiene que la clase debe disfrutarse. Sin embargo, muestra una absoluta falta de sensibilidad ante los reclamos por dolores menores o excusas cotidianas: que le duele un dedo, que la pierna está golpeada, que hay un leve resfrío o que se siente desanimado. Para él, salvo lesiones graves evidentes, esas quejas no tienen lugar.

Esta postura cobra sentido cuando se escucha a antiguos compañeros de entrenamiento y amigos de antaño que a veces visitan el dojo. Ellos relatan cómo era Sensei en sus años de formación: un practicante de una disciplina con rigurosa disciplina que llegó a ganarse el apodo de "Samurái". Hubo épocas en que asistía a entrenar estando lesionado o resfriado, caminando largas distancias por no tener dinero para el transporte público, y mudándose de habitación en habitación con tal de arrendar cerca del dojo y necesitar una sola locomoción. Incluso cuando no contaba con recursos para pagar la mensualidad, le pedía a su Sensei trabajar en la mantención de su casa para saldar la cuota y no faltar a clases. Quien vivió el su entrenamiento con ese nivel de entrega y sacrificio difícilmente puede empatizar con los pequeños achaques del día a día.

Sin embargo, detrás de esa exigencia reside una calidez humanidad, sencilla y cercana. Marcado por orígenes humildes, ha aprendido a disfrutar de la vida con lo que hay y no pensando en lo que falta. Cuando invita a su casa en Calquinco, la convivencia no requiere de lujos ni grandes banquetes: basta con compartir unas papas cocidas recién cosechadas de su parcela, un encebollado, un pebre o ají hecho en mortero, una ensalada de tomate con ajo, un café caliente y una conversación sincera. Si viaja a dictar clases especiales a otras comunas, cumple con su labor con la misma humildad, sin esperar cenas elegantes ni paseos ostentosos. Aunque cuenta que ha estado en restaurantes finos y eventos de etiqueta, su corazón pertenece a la simpleza y a la gente real.

Sergio sostiene con firmeza una premisa: al cruzar la puerta del dojo y quitarse el cinturón, vuelve a ser simplemente Sergio Pérez. Si alguien decide seguir tratándolo como Sensei fuera del tatami, lo acepta con gusto siempre que sea con respeto, pero bajo una máxima clara: "Uno no es lo que dice ser, sino lo que el resto reconoce en uno". Carece por completo de la postura teatral del "maestro de película"; no finge una voz grave ni busca parecer sabio a la fuerza. Si un alumno le consulta algo de Karate y no lo recuerda o lo desconoce, lo admite con naturalidad: "No lo sé, pregúntale a otra persona o búscalo en internet, o déjame averiguarlo y te digo".

Quien visita su hogar en Calquinco encuentra a un hombre tranquilo y humile. Se le ve jugando con sus tres hijos, compartiendo con su esposa Daniela y atendiendo a sus animales vistiendo sus bototos de seguridad, jeans desgastados y guantes de trabajo. Quienes lo acompañan terminan ayudándole a picar leña, limpiar las caballerizas de sus caballos o alimentar a las gallinas. Para él, el traje de Karate se queda en el dojo. Su círculo cercano, incluidos su hermano menor Boris y la mayoría de los altos grados que lo acompañan, está compuesto por verdaderos amigos que comparten bromas, risas y camaradería con un respeto mutuo. No obstante, en el momento en que se colocan el Karategi sobre el tatami, el ambiente se transforma por completo. Por esa honestidad y lealtad a toda prueba, Sensei conserva a lo largo del tiempo amistades profundas que lo aprecian sinceramente, aun cuando él mismo bromee con su mala memoria.

A fin de cuentas, es una persona común y corriente, tal como él mismo se define. Pero es también alguien que ha alcanzado un grado de maestría en lo que hace. Ha dedicado su vida entera a indagar más allá, respondiendo a aquella enseñanza que una vez le dio el Sensei Eduardo: "Hay cosas que yo te voy a enseñar, pero hay otras que tú tienes que aprender solo; verdades que están ahí esperando a que las descubras". No es alguien que sepa un poco de muchas cosas; sabe muchísimo de una sola: su estilo de Karate, el Kenshin-ryū. A sus 48 años, muestra una madurez absoluta en su visión. No por ello es cerrado: entiende otras disciplinas, mantiene excelentes amistades con maestros de diversos estilos y comparte con todos en un marco de respeto.

Lo que sus alumnos más agradecen es su transparencia total. Nunca les ha mentido ni les exige nada que él mismo no pueda ejecutar, enseña con el ejemplo: si pide un golpe, una técnica o una aplicación en un kata, él la demuestra en el acto. Pero tal vez su lección más valiosa no proviene de una técnica física, sino de su filosofía sobre la vida. A menudo aconseja a sus estudiantes no dejarse contaminar por la negatividad de las noticias en la televisión, que solo buscan vender miedo mostrando lo peor de la sociedad. Siempre los invita a hacer un ejercicio sencillo: mirar a su alrededor, observar a sus familias, a sus vecinos y amigos, y contar cuántos criminales, violadores, estafadores, narcos o personas malvadas realmente hay a su lado. La respuesta casi siempre es: ninguno. Nos recuerda que el mundo no está perdido ni es tan oscuro como nos quieren hacer creer; que si uno decide mirar con atención, la tierra que habitamos, la gente que nos rodea y la vida cotidiana son infinitamente más hermosas y valiosas.

Creo que sensei Sergio Pérez enseña lo que enseña porque su vida fue moldeada por el esfuerzo, el a menudo es una persona abierta a contar sus vivencias y experiencias, pero de seguro hay muchas más cosas que solo el sabe y nunca sus alumnos capaz sepamos, porque igualmente se nota en sus ojos, a veces un poquito de pena acumulada, un dejo de niño que no vivo bien su infancia y que tuvo que madurar muy pronto con la honestidad y la experiencia real: en sus clases no se vende una ilusión, se transmite un camino de supervivencia, temple y respeto forjado en la verdad del trabajo y de la vida real.

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